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Blog de Victoria Vázquez R.

ALGUNAS RECOMENDACIONES

ALGUNAS RECOMENDACIONES

            Bien está. Y, puesto que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema. Hoy va de recomendaciones. Porque estoy convencido de que una de las ventajas de este embeleco de los blogs estriba en poder comunicar a tus prójimos/as aquellas experiencias físicas o intelectuales que te hayan podido resultar más o menos gratificantes. Guardando, ni que decir tiene, las obligadas normas debidas a la decencia y el decoro. ¡Faltaría más!

 Es muy posible que esta opinión esté mediatizada por mi condición de enseñante, pues siempre he considerado la docencia como una actividad razonablemente placentera, estrechamente ligada al gozo que te produce la transmisión del conocimiento, cuando éste encuentra tierra abonada para germinar, y te sientes, de alguna manera, implicado en el descubrimiento del mundo o, de la belleza que éste atesora, por parte del alumno. Hablo de otros tiempos, claro. Hoy día es difícil ponerse, teniendo que atender a una peña tan cimarrona como poco motivada, y elucubrar sobre temas tan mostrencos como los que propone la jerga de la LOGSE.

Motiva esta larga introducción el disfrute que me han producido dos libros que cabo de leer, de los que quisiera dar noticia a los lectores del blog. En primer lugar, por orientar, y ver que me orienten, claro, aquellas personas que, como un servidor, somos letraheridos y andamos dale que te pego con el vicio solitario. Y, de otro lado, por ver si los comentarios que aquí se vierten pudieran suscitar un debate, cuanto más acalorado mejor, porque de ello seguro que nos enriqueceríamos todos. Absténganse alérgicos a la “crispación”. El que avisa no es traidor.

El primero son las Memorias de Simone de Beauvoir (editorial Edhasa), la mujer que revolucionó la teoría feminista con su ensayo “El segundo sexo”, donde llega a formular aquella tremenda frase de que “no se nace mujer, se llega a serlo”, por más que sea posible que hoy haya perdido -por fortuna- bastante vigencia. Pero sus Memorias son otra cosa porque, de forma en gran parte novelada, nos da cuenta de su itinerario personal e intelectual desde la primera infancia hasta los últimos años pasados junto al amor de su vida, el filósofo Jean Paul Sartre, su único amor esencial entre otros muchos contingentes, por utilizar la terminología de que una vez se sirvió el célebre pensador para justificar sus numerosos escarceos eróticos. Pero, anécdotas aparte, la obra nos deslumbra por la prodigiosa capacidad de introspección de la autora y por la agudeza del análisis de un período particularmente convulso de la historia europea, una época en que la palabra “intelectual” no se encontraba tan devaluada como ahora y en la que hubiera sido imposible que la autora compartiera mesa y mantel con algunos personajes grotescos que hoy ostentan la condición de tales (aviso de que empiezo a crispar).

 Pero, dicho esto, justo es añadir la obviedad de que la condición de intelectual no inmuniza contra el error ni el sectarismo en la justeza de algunas de sus apreciaciones. Porque algo si que queda claro en esta obra imprescindible es la escasa sutileza con que muchos de estos personajes del mundo de la cultura contemplaron el ascenso de los totalitarismos de izquierdas, esto es, de los comunismos. Y así, mientras denunciaban con razón el carácter racista y terrorista del fascismo italiano y el nazismo alemán, preferían mirar para otro lado cuando se trataba de emitir un juicio contundente sobre la Rusia de Stalin, un sistema político aún más letal, si cabe, que los totalitarismos de derecha. Y lo malo es que tenemos la sospecha de que esta hemiplejía moral aún se sigue practicando. ¿O es que nuestros “maestros pensadores” han dado el mismo trato al Chile de Pinochet que a la Cuba de Castro?

El segundo libro es de naturaleza muy distinta. Se trata de “El conocimiento inútil” (editorial Espasa), y su autor, Jean-François Revel, que fue miembro de la Academia Francesa, profesor de filosofía y director del semanario L´Expres, circunstancia esta última que le proporciona un importante bagaje de conocimientos sobre el mundo de la información, a la que, paradójicamente mucha gente se opone “pues existen frecuentes circunstancias, tanto en la vida de las sociedades como en la de los individuos, en las que se debe evitar tener en cuenta una verdad que se conoce muy bien, porque redundaría contra el propio interés si se sacaran las consecuencias de la mismas” (p. 25). De ahí, en su opinión, la utilidad de la ideología, una forma de pensar que nos dispensa de utilizar nuestra capacidad crítica, disimula o escamotea los fracasos que puedan ponerla en entredicho y hace desaparecer toda noción del bien o el mal, o, más bien, ocupa el lugar de toda moral. Por decirlo con sus palabras la ideología es “un sindicato de intereses”. Pero, con ser luminosas la palabras que nos deja sobre la función del periodismo,  lo que más huella me ha dejado son sus certeras apreciaciones sobre el mundo de la enseñanza, en un capítulo titulado de forma reveladora “La traición de los profes”, en el que nos deja palabras proféticas sobre la situación de la enseñanza en Europa que, de seguro, no se ha leído los que tuvieron la ocurrencia de parir la LOGSE. Por un lado, es muy generoso con los docentes, a los que nos hace la caridad de considerarnos intelectuales, por aquello de que transmitimos el conocimiento. El que nos dejan, cabría añadir, que tampoco es mucho, aunque el bueno de Revel se encuentre al cabo de la calle de las tropelías perpetradas por los hijos  del 68 y la contracultura norteamericana. Y así para el progresismo rampante: “La escuela no tiene, pues, más que una sola misión: neutralizar la influencia de esos factores restableciendo en su seno la rigurosa igualdad de resultados que, por desgracia, no se encuentra fuera de su recinto. Dejar que se manifiesten esas diferencias entre “buenos” y “malos” alumnos, permitir a los presuntos “buenos” alumnos adquirir más conocimientos y más rápidamente que otros, equivaldría a promocionar la creencia en las desigualdades naturales o en las diferencias cualitativas y conceder una prima a los beneficiarios de la injusticia social. El buen alumno debe ser mantenido al nivel del malo, considerado como el equitativo punto medio social. Se redistribuye el éxito escolar como el Estado socialista redistribuye las rentas. Toda tentativa para ver en la enseñanza una máquina para detectar talentos y proporcionarles medios desarrollo es calificada de elitista, y, como tal, condenada como reaccionaria” (pp. 391-392). ¿A que les suena? Bueno, pues si se tiene en cuenta de que el diagnóstico se aplicaba a la Francia de Miterrand, se comprenderá mejor hasta donde puede llegar el grado de contumacia y cerrilismo de determinados modelos educativos. Y no lo olviden, en España, lo peor está por llegar.

 

 


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2 comentarios

Roberto de Saint-Loup -

El Diccionario de la Academia, en su 3ª acepción, lo define como persona "dedicada preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras", pero esta es una definición demasiado génerica que, a mi modo de ver,no recoge toda toda la complejidad del término. De modo que, con ser cierto lo que dice el Diccionario, lo que sobre todo define al intelectual- una vez más, en mi modesta opinión- es su capacidad para pronunciarse sobre los grandes problemas que afectan a nuestro mundo, esto es , el deseo de orientar a sus conciudadanos exponiendo criterios que desarrollen su capacidad crítica a la hora de tomar decisiones. Ello presupone su insobornable compromiso con la verdad, y, muy especialmente, su independencia del poder político, sea el que sea.De ahí que no me imagine a un intelectual tomando partido en el juego político, por muy valiosas que hayan sido sus aportaciones al mundo de la ciencia o de las letras. Y de ahí, también, que me pareciera tan grotesca la cartita de los 3400 intelectuales hablando de buenos y malos en un mundo tan degradado y rufianesco como es el de la política.
Por lo demás, sí que conozco algunos, pero como tampoco se trata de darte una extensa nómina, mi fijaría en el caso de Fernando Savater. En mi opinión ejemplifica como pocos el papel del intelecual: compromiso con la verdad como filósofo, pronunciamiento sobre muy diversos temas de actualidad (sobre todo sobre la imbecilidad de los nacionalismos),y su acreditado papel de mosca cojonera(ya sé que la expresión no es muy académica, pero sí bastante expresiva.Me lo perdonen). No sé si contesto a tu pregunta.
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Victoria -

Gracias por tus recomendaciones. Y, puestos a crispar, ¿cuándo sería acertado calificar a una persona como INTELECTUAL?. ¿Conoces alguna?.
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